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El Madrid liberal

Isabel II. Estampa. Dibujante: Bernando Blanco y Pérez. Museo de la Historia
Isabel II, estampa (dibujante Bernardo Blanco y Pérez). Museo de Historia

Madrid inaugura el nuevo siglo con un episodio dramático: la Guerra de la Independencia contra los franceses (1808-1814).

La retirada de las tropas francesas y del rey intruso José I abrieron camino a la vuelta del nuevo y “deseado” monarca Fernando VII que, sin embargo, no tardó en frustrar las expectativas de un pueblo ansioso de mejoras. La guerra había coincidido con la promulgación de la primera Constitución en España, fruto de las Cortes reunidas en Cádiz en 1812. Paradójicamente las ideas liberales que alumbró la revolución francesa empezaron a cuajar en medio de una guerra entre españoles ansiosos de preservar su independencia y franceses deseosos de extender su proyecto revolucionario.

La existencia de una monarquía parlamentaria de poderes limitados y la libertad de prensa y pensamiento fueron barridas hasta en dos ocasiones por el nuevo rey: a su vuelta a España en 1814 y después del trienio liberal (1820-1823), periodo en que estuvo vigente la Constitución de 1812.

Solo tras la muerte de Fernando VII en 1833, primero durante la regencia de María Cristina y en el reinado de Isabel II después, se pudo hablar del fin del absolutismo monárquico a la vez que se consolidaba el nuevo Estado liberal, con una alternancia en el poder de moderados y progresistas, cuyo triunfo fue siempre fruto de revoluciones encabezadas por alzamientos militares. Un golpe militar en septiembre de 1868 derrocó la monarquía para vivir la primera, breve experiencia republicana.

Madrid sufrió los primeros años del siglo en medio de la destrucción generada por la guerra, y sus consecuencias: crisis agrarias, problemas de abastecimiento, carestía, hambre, alborotos.

En 1800 tenía Madrid entre 175.000 y 200.000 habitantes. Hasta mediados de siglo se puede hablar de estancamiento demográfico ya que en 1845 hay sólo 206.714 habitantes. Si hay algún crecimiento, se debe al flujo migratorio, procedente sobre todo del norte y de las dos Castillas. Pero, además de los problemas derivados de la guerra y sus secuelas, la población madrileña se hallaba constreñida por los límites de un casco urbano que no crecía oprimido por la cerca. Habrá aún que esperar a la segunda mitad de la centuria para que se planteen los primeros modelos de ensanche, que permitan un crecimiento relativamente ordenado de la urbe para albergar a una población creciente, atraída además por la llegada del agua del Canal de Isabel II (1852) y por el ferrocarril (1851). En 1860 ya hay casi 300.000 habitantes en Madrid.

En cualquier caso, en esta época podemos hablar de un modelo demográfico arcaico con tasas de mortalidad superiores a las de natalidad y con una mortalidad infantil todavía elevada, debidas sobre todo a las deficientes o malas condiciones sanitarias.

El inicio del liberalismo político coincidió con el liberalismo económico. Con las medidas desamortizadoras de Mendizábal (1836) y de Madoz (1855) salieron al mercado libre, mediante subasta pública, tierras y bienes no productivos en poder de las llamadas “manos muertas”, Iglesia, órdenes religiosas y nobleza, acumulados durante siglos. Se pretendía sanear la Hacienda y de paso crear una clase media de propietarios, base de un nuevo Estado burgués. De esta manera se daba fin al régimen señorial y se inauguraba un nuevo sistema de propiedad libre, tal como había ocurrido en Europa.

Aunque en caso español tales propiedades cayeron en manos de una nueva oligarquía propietaria cuyo único objetivo fue arrendar y vivir de las rentas. Y en el caso de Madrid se aligeró la trama urbana, se sustituyeron los viejos edificios religiosos por nuevos de viviendas, construidos de forma acelerada y caótica, para albergar inquilinos que alimentaran nuevas rentas. El crecimiento urbano siguió siendo tumultuario, desordenado, como a partir de 1561, en que la ciudad fue elegida para ejercer de capital. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo la capital seguía careciendo de servicios, de pavimentación, de agua, con basuras amontonándose por doquier y con una iluminación deficiente.

Madrid era una ciudad pobre, con un débil equipamiento industrial, con una clase media de propietarios rentistas enriquecidos a la luz de la desamortización, un artesanado pobre y una ingente masa de mercaderes, taberneros, criados que convertían la urbe en un modesto bazar para abastecer a la corte, la nobleza y el clero de artículos de lujo, amén de una no menos muchedumbre de pobres. Los cambios políticos no fueron protagonizados por una burguesía dinámica, que no alumbró ninguna revolución. Era una sociedad todavía anclada en el pasado en la que la nueva clase dirigente, pretendiendo imitar modos de vida y costumbres de la vieja nobleza, seguía alimentando un ejército de servidores domésticos.

Desde el punto de vista urbanístico, la primera mitad del siglo XIX se distinguió en Madrid, por la reconstrucción de algunos espacios especialmente castigados por la guerra, como el parque del Retiro, donde había sido destruida la Fábrica de Porcelanas, y por una serie de derribos de edificios religiosos, resultado de la política de José Bonaparte para abrir espacios en la laberíntica ciudad – plazas de Santiago, San Martín, San Miguel, Ramales, Santa Ana, Mostenses - y de las medidas desamortizadoras.

También a Bonaparte se debe la construcción de los primeros cementerios fuera de la ciudad, el Cementerio General del Norte y el del Sur, resolviendo de esta manera uno de los muchos problemas de salubridad que afectaban a la ciudad, al conjurar la antigua costumbre de practicar los enterramientos en iglesias.

Otro proyecto de José I fue la creación de una gran plaza junto a la fachada oriental del Palacio Real, que supuso igualmente el derribo de algunos edificios circundantes entre los que se encontraban la Casa del Tesoro y el convento de San Gil. Pero este espacio ideado por Silvestre Pérez, que conectaba con antiguos propuestas de Sacchetti en la época de Carlos III, no sería concretado hasta muchos años después cuando finalmente la plaza fue rematada según proyecto de Pascual y Colomer con la construcción del Teatro Real, levantado en el solar del antiguo de los Caños del Peral, en 1850.

Finalmente, en 1850 se completa la remodelación de la Puerta del Sol, hasta entonces simple encrucijada de caminos bordeada por un caserío modesto y desordenado. El proyecto encargado a los ingenieros Lucio del Valle, Rivera y Morer lograba un gran espacio urbano con un conjunto arquitectónico uniforme, centro de atracción de actividades comerciales, administrativas y financieras.

En esta época Madrid sigue siendo centro de la cultura oficial, antes propiciada por la Corte y, desde el establecimiento del liberalismo, por el Estado. En 1819 se inaugura el Museo del Prado y en 1850 el Teatro Real de la Ópera. A mitad de siglo las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes darán cabida a artistas de la talla de Esquivel, Rosales o los Madrazo. En 1835 se funda el Ateneo Científico y Literario; se impone la libre discusión en los debates y los cafés literarios se convierten en escenarios de tertulias románticas donde se combinan letras y política.

Texto e imágenes del Museo de Historia de Madrid

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