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imagen de Félix Castello. Vista del Alcazar de Madrid.
Félix Castello. Vista del Alcazar de Madrid. Óleo sobre lienzo. Museo Arqueológico Nacional, depositdo en el Museo de Historia de Madrid

Al trasladar la Corte a Madrid en 1561, Felipe II elige la villa como capital de Castilla, del reino de España y de un gran imperio.

Madrid no tenía la riqueza económica ni la tradición política de otras ciudades castellanas, como la vecina Toledo, que hasta entonces parecía la candidata más idónea para albergar la Corte de una compleja monarquía absoluta.

Desde su conquista por los cristianos la función de Madrid había sido meramente militar: su situación estratégica permitía controlar la sierra de Guadarrama y su eficaz recinto amurallado amparando en su interior al alcázar funcionaba como enclave defensivo. Función militar que, por otra parte, se heredaba del tiempo de los árabes, aunque en sentido inverso. Era una típica ciudad fronteriza, habitada por caballeros de pasado militar donde además, por ser de realengo, apenas ofrecía atractivo para la alta nobleza y el alto clero.

Probablemente este fue uno de los motivos que movieron al rey Felipe II a trasladar la Corte a Madrid: se trataba de una ciudad nueva, sin conflictividad social, podía ser modelada a antojo, sin presiones.

Por otra parte la villa no había vivido totalmente ajena al centro del poder como se suele pensar. Ya desde la Baja Edad Media su influencia había comenzado a crecer, siendo lugar elegido para reunión de Cortes con frecuencia. Además los cazaderos cercanos a Madrid como el monte del Pardo favorecieron la residencia temporal de algunos monarcas aficionados a la caza desde los tiempos de Enrique III. Felipe II contribuiría al incremento de los ámbitos reales madrileños mediante la adquisición de la Casa de Campo, el Campo del Moro o la Huerta de la Priora.

Otras razones habrían podido ser decisivas también para la elección del monarca. Su situación estratégica en el centro de la península y su proximidad a varios cruces de caminos eran ventajas importantes. Madrid contaba con una red viaria heredada de la antigüedad que permitía la comunicación con Toledo y a la vez con el sur, estaba a mitad de camino entre Toledo y Segovia por la ruta del Guadarrama y cerca de Alcalá y por tanto conectada a Zaragoza, valle del Ebro y Barcelona.

Madrid era además una ciudad con agua suficiente para abastecer a una población creciente. La existencia del río Manzanares y la red de pozos y galerías subterráneas que captaban el agua de arroyos y manantiales cercanos (“viajes de agua” de Alcubilla, Amaniel, Alto y Bajo Abroñigal, Fuente del Berro, San Bernardino,...) surtieron a la villa de agua desde la época de los árabes.

Finalmente Madrid contaba con el Alcázar, heredado de los musulmanes, un palacio cómodo para albergar a la casa real, sobre todo desde el siglo XIV, cuando los reyes castellanos comenzaron a residir con frecuencia en Madrid. A partir de entonces se iniciaron obras de acondicionamiento del viejo alcázar que preludiarían la futura residencia estable de la corte.

Además las obras de El Escorial para albergar el panteón familiar de la casa real dieron comienzo casi inmediatamente, por lo que la cercanía de Madrid facilitaba la supervisión de las mismas.

Se puede decir que hubo muchas consideraciones a la hora de abandonar Toledo y elegir Madrid. A partir del verano de 1561 la villa dejó de ser escenario esporádico de acontecimientos políticos para convertirse en el lugar de asiento estable de la monarquía y de toda la maquinaria de la administración central.

Sólo tras el breve paréntesis de los años 1601-1606, en que la Corte se trasladó a Valladolid, no fue segura su permanencia en Madrid desde el primer momento. La hasta entonces austera y reducida Corte de Castilla se había caracterizado por su itinerancia, a partir de ahora un creciente séquito de mayordomos, aposentadores, criados y guardias y una administración cada día más compleja y numerosa, propia de un Estado moderno, obligan a abandonar el trasiego anterior.

Madrid se convirtió en la única Corte de un inmenso imperio y toda la actividad política, social y económica de la ciudad giró en torno a la presencia de aquella corte.

La llegada de la Corte a Madrid con todo el séquito de nobles, hidalgos, servidores, funcionarios, eclesiásticos, comerciantes, oportunistas y pícaros cambió por completo la vida de sus ciudadanos y el aspecto de la ciudad.

Las continuas oleadas de inmigrantes atraídos por la influencia de la Corte provocaron un aumento espectacular de la población: en solo cuarenta años la población madrileña se había multiplicado por más de cuatro, rebasando con creces la tasa de crecimiento anual de sus vecinas ciudades castellanas y convirtiéndose en una de las veinte ciudades más pobladas de Europa.

La superficie casi se cuadriplicó en estos años y el caserío urbano se multiplicó por tres.

Para un correcto alojamiento de la Corte y su séquito, se ordenó reservar la mitad de las viviendas madrileñas en virtud de la regalía de aposento, ordenanza burlada desde el inicio con reformas imposibles de los inmuebles, las famosas casas a la malicia, que aparentemente impedían el establecimiento de estos nuevos habitantes.

Esta demanda de vivienda dio, además, lugar a situaciones de especulación por parte de los propietarios de solares que iniciaron de inmediato construcciones aceleradas y caóticas, con materiales deficientes, sin condiciones de salubridad, sin sentido de la estética.

Para limitar estos excesos se creó la Junta de Policía y Ornato Público en 1590, organismo encargado de adecentar las calles, eliminando voladizos, alineando fachadas y suprimiendo desniveles de terreno.

Así pues, una vez asentada la Corte se inició el proyecto de modernización de la villa medieval, de calles estrechas y sinuosas, caserío modesto y servicios insuficientes.

Las autoridades municipales con el beneplácito de la monarquía acordaron una serie de medidas para dignificar la ciudad y hacerla merecedora de su nuevo rango de capital: la construcción de una catedral, un seminario, un orfanato, un hospital general, un ayuntamiento, una cárcel, la centralización y saneamiento de los establecimientos de abastos, la apertura de una calle emblemática (la calle Real Nueva, futura de Segovia) y la edificación de nuevas puertas de acceso.

Los problemas económicos derivados de albergar la Corte imprimieron tal lentitud a estos proyectos que no se completarían hasta un siglo después.

Texto e imágenes del Museo de Historia de Madrid

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