Elegantes y majos pasean por Madrid

Visitas guiadas a través de un itinerario que recorre la evolución de la moda madrileña con motivo de la celebración de Madrid es Moda.

En colaboración con Madrid es Moda, se realizarán visitas guiadas por los conservadores del museo, haciendo un recorrido por la evolución de la moda de los madrileños desde el siglo XVII al siglo XX.

Horario:

Jueves 14 de septiembre, a las 17:30 horas

Sábado 16 de septiembre, a las 12:30 horas

Domingo 17 de septiembre, a las 12:30 horas

Reserva previa hasta completar aforo por correo electrónico (smuseosm@madrid.es) o en el teléfono 917011863, en horario de lunes a viernes de 9 a 14 horas.

Las visitas serán gratuitas y se realizarán en grupos de un máximo de 25 personas.

El título de estas visitas nos va a llevar a un repaso por la indumentaria de los madrileños y madrileñas a través de los tres últimos siglos, y lo haremos sobre todo en función de la ciudad por la que pasean, rezan o se divierten.  Las diferentes salas del Museo de Historia nos ofrecen testimonios de gentes de la más variada condición social, que conviven en una corte variopinta y cosmopolita instalada en una ciudad difícil y atrayente.

Pero sobre todo haremos hincapié en el siglo que hace de los paseos y las rondas el escenario urbano más vital de la ciudad. El Paseo del Prado, la Carrera de San Jerónimo el paseo de Delicias o las orillas del Manzanares y el entorno del proyectado Canal  del mismo nombre, serán los espacios de sociabilidad del siglo XVIII, donde los elegantes de las clases acomodadas exhiben una moda acorde con los dictados europeos mientras el pueblo llano los admira y a la vez perfila su peculiar indumentaria.

“... Llaman a estas alamedas el Prado de San Hieronimo, en donde en invierno al sol, y de verano a gozar e la frescura, es cosa de muy de ver y de mucha recreación la multitud de gente que sale (…), donde se toma el sol invierno y el fresco en verano…”

Un poco más tarde, una ruptura en la manera de vestir, y no sólo de diseño, sino sobre todo de concepto, llegaría a Madrid procedente de la Francia prerrevolucionaria y de la mirada de los ilustrados a la antigüedad clásica tras los descubrimientos de Pompeya y Herculano: la moda llamada “imperio” que, con su sencillez y liviandad, permitió, aunque de manera breve, una mayor libertad de movimientos y comodidad en los atuendos femeninos y masculinos.

Diversiones como los toros o el paseo difundían imágenes repletas de  personajes ataviados de una forma peculiar: los majos y majas habrán de convertirse en la seña de identidad del casticismo madrileño. Basquiñas, faldas sin armar, pañuelos sobre el escote, mantillas para ellas; chaquetas cortas adornadas con madroños, calzones, fajas y pañuelos de colores para ellos, y redecillas en el pelo para ambos. La “manolería”, una forma de vivir alegre y desenvuelta, enfundada en su peculiar atuendo fue imitada en ocasiones por nobles y burgueses en una tradición tan cara a al conjunto de la sociedad madrileña como era la de enmascarar la realidad y teatralizar la vida cotidiana.

Poco duraría aquella ligereza de atuendo. Al igual que los constantes vaivenes constitucionales y políticos que se suceden a lo largo del siglo XIX, la indumentaria y fundamentalmente la  femenina, padeció un nuevo giro hacia lo rebuscado y aparatoso:   incómodos polisones, peinados imposibles, extenuantes cinturas fueron objeto de ironía y burla por parte de la prensa de le época. Se trataba de una sociedad bipolar en su acercamiento a las mujeres. Las que son “como se debe ser”: elegantes, recatadas, devotas y madres ejemplares, frente a aquellas consideradas“distintas”, mujeres de la noche que se mueven o trabajan en ámbitos ambiguos. 

Finalmente, los establecimientos de moda o el gran comercio, las revistas femeninas sobre y, en definitiva, el abaratamiento de los precios y la confección en serie, facilitan nuevos hábitos en la vida cotidiana que desde el inicio de los años veinte del nuevo siglo conducirán a una nueva dicotomía fuertemente contrastada: por una parte, las elegantes consumidoras de la llamada “alta costura”, accesible a muy pocas mujeres, y por otra parte, la gran mayoría de las mujeres, que dentro de un razonable abanico de precios pueden acceder a una moda más o menos homogénea aunque también cambiante pero ahora en función de la estación, de la temporada y, sobre todo, de los dictados de una nueva  industria.

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