Mosaico de Carabanchel. Las cuatro estaciones

 

 

 

 

 

 

 

Mosaico (3 fragmentos). Pavimento / Las cuatro estaciones

Romano tardío (2º mitad del siglo IV y principios del siglo V)

Teselas de caliza, mármol, pasta vítrea y cerámica.

Carabanchel Alto / CE1974/124/129

Se trata de una de las piezas más notables de la arqueología madrileña. Localizado a comienzos del siglo XIX —un documento de la Real Academia de la Historia, fechado en octubre de 1819, así lo corrobora— durante la reparación de un camino en la finca que los condes de Miranda tenían en Carabanchel Alto. Hasta su aparición, solo unos pocos restos romanos de Madrid y sus alrededores, ya desaparecidos, habían sido citados por autores de los siglos XVI y XVII. El hallazgo supuso la demostración arqueológica de un “glorioso pasado romano” tan deseado por los historiadores de la Villa.

Las posesiones del último conde de Miranda, quien murió sin descendencia, fueron heredadas en 1829 por el VII conde de Montijo, Pedro Portocarrero. A la muerte de este en 1834, pasaron a su hermano Cipriano Portocarrero Palafox y, posteriormente, en 1839, a su viuda, María Manuela Kirkpatrick. Esta contaba con un amplio círculo de amistades del mundo de la política y la cultura, entre las que figuraban Eugène Viollet-le-Duc, Stendhal o Prosper Mérimée, inspector general de Monumentos Históricos de Francia, con quien mantenía una correspondencia habitual en la que mencionaba el mosaico. Ella misma costeó las excavaciones que realizó Juan de la Rada y Delgado; al explorar la finca, este señaló que no se trataba de un hallazgo aislado, sino que debió formar parte de una villa romana, siendo probablemente el suelo de un comedor o triclinium.

El mosaico se conservó en su emplazamiento original y fue protegido, en primer lugar, por una pequeña caseta que, unas décadas más tarde, se convirtió en una construcción de dos plantas que servía como casa del jardinero, lo que demuestra el valor otorgado al descubrimiento.

María Manuela, madre de Francisca de Portocarrero, duquesa de Alba, y de Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses, encargó también una restauración de la pieza. Tras la muerte en 1927 de la última heredera, la duquesa de Tamames —nieta de la condesa de Montijo—, la Quinta de Miranda fue vendida a las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor. La existencia de las ruinas romanas continuó siendo citada por investigadores de la época hasta que, en 1942, las Oblatas vendieron el mosaico al Ayuntamiento de Madrid. Desde entonces, forma parte de las colecciones municipales: primero en el Museo Municipal de la ciudad y, desde el año 2000, en el Museo de San Isidro. Los Orígenes de Madrid.

En cuanto a la iconografía representada en la composición, Rada ya identificó los temas de los emblemas que decoraban el mosaico: las cuatro estaciones y Dioniso el jinete de panteras.

La litografía publicada por Rada en la Historia de la Villa y Corte de Madrid (Amador de los Ríos, 1961) muestra tres secciones: la principal con los emblemas, otra formada por una franja de roleos de acanto y la tercera de peltas dispuestas horizontal y verticalmente.

La primera sección es cuadrada, con un diseño de meandros y esvásticas formadas por trenzas de dos cabos y con cinco emblemas: cuatro en las esquinas y uno central. Los primeros debían representar alegorías de las cuatro estaciones del año, personificadas por bustos femeninos con los atributos de su estación coronando la cabeza. El emblema central, representaría al dios Dionysos o Baco cabalgando sobre una pantera.

Las obras que dieron lugar al hallazgo del mosaico destruyeron toda la parte inferior derecha del pavimento. Esto afectó al emblema central -del que solo se aprecia la parte delantera de un leopardo y una mano que sujeta las riendas- como al emblema de la esquina inferior derecha. Los emblemas situados en el lado izquierdo también sufrieron daños, perdiéndose los bustos de la primavera y el invierno. En la restauración realizada hacia 1860 con un criterio de reconstrucción, se dio a los bustos una apariencia masculina y barbada, a pesar de que el único conservado, el otoño, era un busto femenino. Además, se repitieron en ellos los atributos de pámpanos y racimos de uvas propios de la alegoría otoñal.

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